4/12/08

RAZONANDO CON LOS ADOLESCENTES SOBRE LA FE








1. ¿Es razonable creer en Dios? ¿Qué autoridad tiene La Biblia?.

El reto que enfrenta nuestra sociedad actual con referencia a la inculturación de la fe hace necesario que el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio, responda a una serie de interrogantes, tan antiguas como actuales: ¿quién soy?, ¿qué es la verdad?, ¿existe Dios?.

Enfrentamos en esta época una tendencia a no reconocer nada como definitivo, y a tener como medida última de todo, el propio criterio con sus gustos bajo la apariencia de libertad; esto convierte a cada persona en una isla, alejada de toda verdad objetiva, encerrada en su propio “yo”; que sacrifica la verdad en el altar del egoísmo.

Por eso se hace necesaria la búsqueda de la verdad desde una antropología que sepa responder a los interrogantes sobre el origen del hombre y su fin, sin miedo a descubrir lo que la razón, a partir de la ley natural intuye, y la fe confirma, sin que por eso haya contradicción: que el origen del hombre está en Dios y tiende a El como a su fin.

En el libro del Génesis 1, 27 leemos “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó…” Esto significa que toda la vida humana, desde su concepción hasta la muerte, lleva la imagen de Dios.

En el hombre se unen el cielo y la tierra. Dios establece una relación directa con el hombre al transmitirle su imagen; no sólo lo hace capaz de gozar de su presencia, haciéndolo semejante a El, sino que por ser su Creador, lo conoce y ama de manera particular; de manera semejante al amor que tienen los padres por sus hijos.

Todo ser humano, sea rico o pobre; esté sano o enfermo; nacido o nonato, cada uno es imagen de Dios, y participa de su vida. Dios lo ha hecho miembro de su familia, estableciendo con él una relación de pertenencia mutua.

El hombre es de Dios y Dios es del hombre. Dios es su Creador y su Padre, y el hombre es su criatura, su hijo. Esta es la razón más profunda de la inviolabilidad de la vida humana y su dignidad. Y en esto consiste la esencia de la unidad del género humano, a la que solemos llamar  “la gran familia humana”. Toda civilización tiene su fundamento en esta verdad.

La antropología cristiana que hunde sus raíces en la revelación bíblica del relato de la creación, y culmina con el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, nos ayuda a entender el misterio del hombre, su dignidad, y el sentido de su vida. Cristo se ha hecho hombre para cumplir el designio de salvación que estaba dispuesto por Dios desde antes de la creación del mundo, pues por El, por su cruz y resurrección, tenemos la redención y el perdón de los pecados (cfr. Ef 1, 4-10).

¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador!, si ha “merecido tener tan grande Redentor” (Gal 3,28), si “Dios ha dado a su Hijo a fin de que “el hombre no muera sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Esta admiración respecto al valor y la dignidad del ser humano es la buena noticia del Evangelio, del cristianismo, y es lo que justifica la misión de todos los bautizados, de la Iglesia entera. (RH 10b). “Dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda humanidad... a tener una familiaridad con este Cristo vivo y verdadero”, es la misión fundamental de la Iglesia en la nueva evangelización. (cfr. RH 10c). Porque El quiere “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 4-5).

Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, con estas palabras “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”  (Jn 8,32). “Estas palabras encierran tanto una exigencia como una advertencia. La exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad. La advertencia de evitar cualquier libertad que no profundice en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo”. (RH 12c).

Responder a las preguntas sobre el hombre, y su referencia a Dios, sobre la dignidad, la libertad y el propósito de Dios para la humanidad, es lo que  pretende la búsqueda honesta de la verdad; un deseo inherente a todo ser humano. La Iglesia ofrece esa verdad para todo el que quiera asumir el reto de caminar con Cristo, porque en definitiva, El es la Verdad que nos hace libres.

2.  No hay contradicción entre la fe y la razón.

¿Qué es la fe?

Dios se ha revelado a la humanidad en su Hijo Jesucristo, para que conociendo a Su Hijo, lo conociéramos a El, “porque quien ha visto al Hijo, ha visto al Padre” (Jn 14,9). La fe es la respuesta libre y voluntaria del hombre a este Dios que se revela. Somete completamente su inteligencia y voluntad a Dios y su verdad, porque ésta, está garantizada por El, que es La Verdad misma.

Para el cristiano creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que él ha enviado. El Señor mismo dice a sus discípulos: “Creed en Dios, creed también en mí (Jn 14,1). Tampoco se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Porque “nadie puede decir: Jesús es Señor sino bajo la acción del Espíritu Santo” (1Co 12, 3).

En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que él ha revelado, la fe cristiana difiere a la fe en una persona humana. Es bueno y justo confiarse a Dios y creer lo que él dice, pero sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura (cfr Jr 17, 5-6; Sal 40, 5; 146, 3-4).

a. La fe es un acto auténticamente humano.

Cuando Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (cfr. Mt 16, 17). Es decir, no es una revelación que le ha sido dada solamente por obra de la razón; por lo tanto, solo es posible creer por la gracia y la ayuda del Espíritu Santo. No obstante, creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad, ni a la inteligencia del hombre, confiar en Dios y asumir las verdades por El reveladas. En las relaciones humanas, no es contrario a nuestra dignidad creer y tener confianza en lo que las personas nos dicen de sí mismas y de sus intenciones, y confiar en sus promesas. Esto se manifiesta claramente en el sacramento del matrimonio, ante el deseo explícito de los cónyuges de donarse mutuamente para entrar en una comunión de tal magnitud que los hará “una sola carne” (cfr. Gn 2,24). Es todavía menos contrario a la dignidad humana ‘presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela, y entrar así en comunión íntima con El’… “En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina” (cfr. CEC n.154-155).

María: “Dichosa tu que has creído que las promesas del Señor se cumplirán”, es la aclamación de su prima Isabel. La Virgen María es la criatura que realiza de manera más perfecta la obediencia de la fe porque acoge el anuncio que le traía al Arcángel creyendo que “nada es imposible para Dios” (Lc 1, 37-45).

“Hágase en mí según tu palabra” (cfr Lc 1,38), es la respuesta de la Virgen María al anuncio que le hace el Arcángel Gabriel, “concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (cfr. Lc 1,31).

El “hágase” de María es un acto libre que conlleva una aceptación confiada a la voluntad de Dios. Con las luces y sombras que esta aceptación significaba para su razón, María, en un acto soberano de su  voluntad, decide obedecer y convertirse así en el instrumento a través del cual la creación entera será renovada, porque el Verbo de Dios se haría hombre al encarnarse en sus entrañas purísimas. Somete libremente toda su vida, sus pensamientos, anhelos, aspiraciones, su presente y futuro, para convertirse en “la esclava del Señor” (cfr. Lc 1,18). No es ésta una “esclavitud” que denigra su ser personal, ni coarta su libertad, tampoco cercena su voluntad ni la disminuye. No ofende su inteligencia porque es razonable creer en Dios y creerle a Dios en quien no hay engaño (cfr. Jn 6,14; Rm 8, 14).

En ambos textos referentes a Pedro y a María, se ve claramente que la fe no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan comprensibles a la luz de la razón natural: creemos porque es Dios quien revela y porque no puede engañarse ni engañarnos. Dios es la Verdad misma, por eso el hombre puede entregarse con toda confianza a Dios.

 Sin embargo, para que podamos creer mejor, Dios nos ha dejado pruebas exteriores de su revelación, para que nuestra fe sea conforme a la razón, “pues desde la creación del mundo las perfecciones invisibles de Dios –su eterno poder y su divinidad- se han hecho visibles a la inteligencia a través de las cosas creadas” (cfr. Rm 1, 20). Por lo tanto, la fe no es, en modo alguno un movimiento ciego del espíritu.

b. La fe trata de comprender.

Es parte de la fe el deseo de comprender mejor a aquel en quien se ha depositado la confianza. Un conocimiento más profundo de lo revelado suscitará una fe mayor. Así, según el adagio de san Agustín, “creo para comprender y comprendo para creer mejor”. A pesar de que la fe está por encima de la razón, jamás puede haber una contradicción entre ellas, pues Dios, quien da la fe, es también el Creador de todo lo visible e invisible. “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a El para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo” (cf. FR prólogo). “Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son” (cf. GS 36,2).

Para comprender mejor lo que supone la revelación bíblica sobre la Creación y las implicaciones que se derivan de su consideración, es necesaria una explicación sobre la forma en que se debe leer e interpretar la Sagrada Escritura. Solo bajo la luz del misterio de Cristo, todo lo que era sólo una imagen, cobra sentido y encuentra su plenitud. Asimismo es importante considerar el contexto en que se desarrollan los relatos, y la progresiva comprensión por parte del hombre, de lo que Dios revela de sí mismo.

3. Es razonable creer en la Creación.

En el relato de la Creación se encuentran unas palabras reveladoras sobre el origen de la humanidad, pero cabe preguntarse si ¿son verdaderas esas palabras? ¿cómo entender el relato de la creación?, ¿cómo interpretar la Sagrada Escritura de manera correcta?, ¿cómo buscar con la razón, la verdad?. Se debe decir entonces, para responder a estas preguntas, que la Sagrada Escritura debe leerse como una sola unidad. “Ella no ha sido escrita sencillamente como una novela o como un manual desde el principio hasta el final. Es más bien el eco de la historia de Dios con su pueblo. …La Biblia es, pues, el afán de Dios con los hombres para ir haciéndose así comprensible a ellos. Pero, al mismo tiempo, es también expresión de los esfuerzos de los hombres por ir comprendiendo poco a poco, a Dios.” (En el principio Creó Dios, Joseph Ratzinger) …Es por eso que… ”El Antiguo Testamento aparece a los cristianos en su conjunto como un caminar hacia delante, hacia Cristo, y sólo cuando lo alcanza se ve claro lo que en él realmente se decía, lo que significaba a cada paso. De esta manera todo lo particular alcanza su sentido desde la totalidad, y la totalidad su sentido desde su fin, es decir, desde Cristo”.(idem)

a. La creación en el pueblo de Israel.

“Se debe constatar que Israel siempre creyó en el Dios creador y que esto lo tuvo en común con todas las grandes culturas de la antigüedad. Siempre conocieron a un creador del cielo y de la tierra, manifestándose sorprendentes semejanzas entre civilizaciones, que nunca tuvieron una relación externa” (idem). El tema de la creación aparece en el mismo Israel en numerosas historias. Nunca estuvo ausente, aunque no se presentó siempre con la misma intensidad. Propiamente, el gran momento en el que la creación se convierte en el tema dominante fue en el exilio a Babilonia. En esta época fue cuando el relato, que se lee en el Génesis, alcanzó su actual y propia forma, aunque contando evidentemente con antiguas tradiciones.

El pueblo de Israel había ido experimentando, en sus luchas con el entorno pagano, lo que es la “creación”. Ante la postración en la que vivía en Babilonia, tiene lugar el tránsito hacia un Dios que tiene en sus manos a todos los pueblos y a toda la historia, un Dios que todo lo domina, creador de todas las cosas y en el que reside todo poder. Por eso prometió a Abraham un trozo de tierra antes de que estuviera en ella, por eso pudo sacar a Israel de la esclavitud de Egipto, y ambas cosas las pudo hacer porque no era un Dios de una sola tierra, sino que disponía del cielo y de la tierra.  Entonces se pudo comprender que el Dios de Israel no era como los otros dioses, sino el Dios que estaba sobre las tierras y pueblos. Y esto lo pudo hacer porque El mismo era el que había creado el cielo y la tierra.

En la literatura sapiencial, en los salmos, hay un empeño continuo por aclarar la fe en la creación, sin que se mantenga por ello unido a las antiguas imágenes de los siete días, tal y como aparece en el primer relato de la creación en el libro del Génesis 1, 1-31.

El camino no termina con el Antiguo Testamento. Lo que se medita en la así llamada literatura sapiencial es el último puente de un largo camino, que lleva al mensaje de Jesucristo, al Nuevo Testamento. Es aquí donde encontramos el relato definitivo de la creación de la Sagrada Escritura. Dice así: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios…Todas las cosas fueron hechas por El, y sin El no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (cfr. Jn 1,1-3).

“Juan, con plena conciencia, toma aquí de nuevo las palabras iniciales de la Biblia y relee desde Cristo el relato de la creación para decirnos, de forma nueva y definitiva y a través de las imágenes, lo que es la palabra con la que Dios quiere conmover nuestros corazones. Así se evidencia que nosotros los cristianos no leemos el Antiguo Testamento en sí mismo y por sí mismo; lo leemos siempre desde El (Cristo) y por El”. (cfr. En el principio creo Dios,  Joseph Ratizinger).

Podemos decir que el Antiguo Testamento es un prolongado camino hacia el amanecer, cuyo sol despunta silencioso despejando la tiniebla de la noche, desde el momento de la Anunciación, hasta que Cristo mismo es manifestado como “luz de las naciones” por Simeón en el Templo, y alcanza su cenit en el momento en que El se revela en la Sinagoga, como el Mesías esperado. Por eso debemos leer la Biblia como una unidad que alcanza su plenitud desde su fin, que es Cristo mismo.


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